De Salta podemos decir mil cosas. Algunas malas, como llegar a las diez de la noche después de casi veinte horas de viaje y no encontrar alojamiento, hasta la una de la madrugada después de preguntar en mil sitios, pero también algunas buenas como fue conocer a Isabel.
Eran las doce del medio día y el estomago empezaba a crujir, teníamos hambre y nos encontrábamos cerca de la plaza principal de la ciudad "blanca" así que una vez más usamos la guía de viaje, donde nos decían que uno de los mejores sitios para comer las famosas empanadas salteñas estaba en una calle cerca de ella. Llegamos a la calle y buscamos el número, pero nada coincidía ni el numero del local ni el nombre ¿solución?, preguntar a alguien,pasó un señor y nos dijo que el local que buscábamos cambió de nombre y es ése que tenemos delante. Entramos decididos y nos encontramos con un mostrador de madera antiguo y una señora detrás de él. La mujer muy amable nos preguntó que queríamos...tenemos hambre, queremos cuatro empanadas, le contestamos. A lo que nos contestó con otra pregunta, muy bien...¿de donde son?. Le contamos resumidamente parte de nuestra historia y ella sorprendida por todos los lugares donde habíamos estado nos volvió a hacer otra pregunta, y así mantuvimos una conversación mientras comíamos nuestras salteñas, entonces se ofreció a darnos alojamiento, me gustaría compartir con ustedes más tiempo, y por supuesto formar parte de su historia, tener unos renglones en ella, nos dijo, a lo que contestamos ¡¡¡por supuesto!!! Pasamos dos noches con Isabel y sus hijos, hecho que nos enseñó que en la vida lo la más importantes es la vida. Y por ello, le estamos enormemente agradecidos, como ella misma nos dijo antes de marcharnos en la puerta de su casa, siempre tendrá nuestra amistad estemos donde estemos, ¡no te olvidaremos!

En un principio Salta “la bella” no nos impresionó del todo. Argentina nos parecía un país tan distinto a los anteriores que nos quedamos con el sabor agridulce de...parece que el viaje comienza a terminar. Pero nuestra sorpresa vino cuando comenzamos a caminar por sus calles, cada esquina guardaba un secreto un detalle en las cornisas y la gente aunque más mestiza que en Bolivia y Perú, pareciera que aún mantienen rasgos emparentados con los antiguos incas. La ciudad aunque no se encuentra muy alta en altitud, está muy cerca de los picos más altos de América del Sur, donde en uno de ellos, el Llullaillaco (6.739 metros), se encontró el complejo arqueológico más alto del planeta. El Museo Arqueológico de Alta montaña situado en la plaza mayor de Salta exhibe actualmente todo el material que se encontró y entre ellos las tres momias, tres niños que se mantuvieron gracias a las altas temperaturas en perfecto estado de conservación. No tenemos fotos del momento porque estaba prohibido tomar fotos en el museo pero sí podemos decir que es bastante interesante en cuanto a todo el material encontrado y el estado de conservación, pero impresiona muchísimo ver a un pobre niño congelado siendo observado por personas vivas como si se tratase de un trofeo taxidermista.
Decidimos salir de Salta y conocer un poco los alrededores, montamos en un bus y nos dirigimos a los pueblos de Cachi y Cafayate.
En Cachi, cuando llegamos encontramos un alojamiento barato comparado con lo que nos encontramos en Salta y pasamos un solo día agradable paseando por el pueblo y disfrutando de su mercado gastronómico donde probamos y compramos dulce de leche de cabra casero, una delicia. Nos acostamos temprano puesto que al día siguiente nos esperaba el mismo bus del día anterior y que nos dejaría en Cafayate. Esa mañana me levanté (Juan) con dolor en el vientre, tanto fue el dolor que decidimos volver a Salta, pero entonces cómo en esos momentos de la vida en el que uno no sabe por que, se cruzó una persona en nuestra vida. Con mucho dolor aguanté las interminables curvas, me retorcía en el asiento y no podía ni hablar, entonces una señora mayor se acercó a mí en una de las paradas del bus y al ver mi estado me preguntó, ¿qué te ocurre hijo?, no podía hablar así que Adriana se encargó de contarle, yo no entendía la conversación que tenían, lo único que escuché fue, que coma esta hoja de aloe vera poquito a poco y tranquila, voy a rezar por él todo el camino, le dijo . Escéptico como siempre no quise tomar la hoja pero al final desistí a los ruegos de Adriana, le dí un bocado a la hoja y tragué con esfuerzo mientras escuchaba a la señora rezar detrás de mi asiento, y entonces a los quince minutos aproximadamente, desapareció el dolor. Solo pude hacer una